Daniel Cassany y la educación virtual: “Tantas horas en línea seguidas no las aguanta nadie, hay que diversificar las opciones de enseñanza”

Por Javier García Bustos

A menos de un mes del inicio del año escolar, hablamos con el académico español y doctor en Ciencias de la Educación, quien acaba de publicar el libro El arte de dar clase, en el que se refiere a los cambios de las aulas a las pantallas y apuesta por una enseñanza cooperativa y de sistemas híbridos. “La educación es una institución conservadora, que evoluciona mucho más lentamente que la tecnología, por lo que le iría bien ponerse al día”, asegura.

Han ocurrido chascarros, anécdotas, videos convertidos en virales, pero también testimonios de profesores frustrados por la poca o nula atención de sus alumnos ante las clases online. Pantallas en negro y micrófonos apagados. También hemos visto noticias de estudiantes sobre los techos de sus casas, buscando mejor señal de Internet, y profesores haciendo cosplay para capturar la atención de sus alumnos.

Hace ya casi un año, producto de la pandemia del coronavirus, se aceleró la educación digital, lo que produjo una serie de inconvenientes y algunas ventajas. Quizás las familias compartieron más en sus hogares. Pero el confinamiento también dio paso al estrés. Y ahora, a menos de un mes, el Mineduc dará inicio al nuevo año escolar en Chile. Pero ¿Los padres y apoderados enviarán a sus hijos al colegio?

Hace algunas semanas, la Fundación Educación 2020 reunió a 40 directores de escuelas y liceos del país, quienes compartieron sus experiencias y plantearon sus desafíos para el 2021, en relación con el año pasado. Los principales problemas que abordaron fueron la falta de acceso a tecnología y conectividad, el desgaste emocional y el desafío de reestructurar el currículum pedagógico para desarrollarlo a distancia.

Ante estos temas y problemáticas, entrevistamos a Daniel Cassany (1961), en The Clinic, académico español y lingüista, doctor en Ciencias de la Educación de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, autor de títulos como Describir el escribirLa cocina de la escrituraTaller de textos, quien ahora publica el libro El arte de dar clase.

“El mejor docente no es el que habla más o mejor, sino el que sabe organizar la clase para que hablen los alumnos con interés del contenido del programa. (…) Dar clase hoy no significa dar lecciones magistrales, sino planificar actividades”, se lee en el nuevo ejemplar editado por el sello Anagrama.

Debido a la pandemia llevamos casi un año viviendo una dinámica de clases online. A parte de las reflexiones, que parecen obvias, la pérdida del contacto directo profesor-alumno, la falta de experiencia social… ¿Qué otras ventajas y desventajas ve en estos meses? 

-Para empezar, mucha gente está descubriendo las ventajas o posibilidades de la interacción digital o en línea. Aunque ya existieran, muchos estaban adheridos o acostumbrados al cara a cara y no habían descubierto las ventajas de lo digital. Estamos viviendo una aceleración o incremento de la comunicación y de la educación digital. Pero también es cierto que es un cambio forzado, obligado, no voluntario… Y eso se nota en las formas de adaptarse. La educación a distancia, remota, ya sea por correo, teléfono, televisión y ahora Internet, siempre fue asíncrona, sin coincidencia en el tiempo, pero el salto a la educación digital que hemos vivido en la mayoría de los países ha sido síncrona: dar clases con los mismos horarios y roles de docente y alumno, pero desde casa por Zoom, Meet, Collaborate o lo que sea. Y claro, tantas horas en línea seguidas no las aguanta nadie, hay que reconsiderar esta adaptación y diversificar las opciones de enseñanza.

¿Y qué ventajas podrían ayudar a futuro? 

-Entre las ventajas de la educación en línea hay el acceso a todos los recursos de la red, el ahorro en tiempo, movilidad, papel, etc. Hemos escuchado varias veces lo de: “Esto ha venido para quedarse, después del virus” o “Nunca habíamos tenido tanta participación en estas reuniones, cuando las hacíamos cara a cara”. En fin, y entre las desventajas, la pérdida de empatía, contacto o emoción y calidad, por supuesto, porque, aunque también se pueda aprender en la red, y mucho y muy bien, creo que podemos aprender mucho más cara a cara. Todos los docentes estamos agotados del número de horas que pasamos pegados a la pantalla. En resumen, necesitamos que se “normalice” la situación para empezar a valorar qué deseamos hacer voluntariamente cara a cara y qué en línea, y si debe ser síncrono o no.

Pareciera que niños y jóvenes se adaptan más rápido al sistema de clases online. Sin embargo, disfrutan con la virtualidad cuando hay entretención y menos cuando hay exigencias. ¿Sigue siendo, en este punto, labor del profesor el saber mantener la atención o son las bases de un sistema de educación que debe replantearse cómo proceder ante el alumnado?

-Por ahora, el mito de los nativos digitales, nacidos después de la llegada de Internet y familiarizados por nacimiento con el entorno, ya se ha sustituido por el de los residentes digitales, los que han aprendido y viven también en la red, como una parte integrada de su día a día. Por otra parte, en la vida privada y en el ocio todos hacemos lo que nos gusta, de la manera que nos gusta y con quién nos apetece. En el entorno escolar, hay que aprender lo que dice el currículum con los compañeros de clase y el docente, que tampoco se elige… También creo que la educación a distancia que hemos tenido hasta ahora es esencialmente asincrónica… y los docentes podemos quizá estar más acostumbrados a esto. Pero que las actividades de ocio de los adolescentes (redes sociales, videojuegos) son mucho más síncronas. En cualquier caso, es cierto que la escuela, y toda la educación, es una institución conservadora, enraizada en la tradición que evoluciona mucho más lentamente que la tecnología y otros aspectos de la sociedad, por lo que le iría bien ponerse al día y refundarse para poder conectar de manera más natural con la comunidad.

¿Qué consejos daría a padres o apoderados, muchas veces estresados que, debido a la crisis sanitaria, se encuentran haciendo teletrabajo, mientras en el mismo hogar, sus hijos estudian e intentan comprender materias y resolver tareas frente a la pantalla?

-Es una situación terrible. Y no es un problema didáctico o educativo, sino de que no tenemos las casas pensadas para trabajar, despachos para usar como estudios de grabación, ni un ordenador equipado con la iluminación, el plano o el fondo preparados para transmitir en vivo… Creo que los docentes y los centros educativos deberían incorporar este punto en su currículum y propuestas y avanzar en flexibilizar la educación síncrona, en combinar espacios asíncronos, con material y tareas que se puedan resolver en cualquier momento, con tutorías y sesiones breves síncronas. Seamos niños o adultos, no se aguantan muchas horas seguidas pegado a una pantalla dando clases.

En El arte de dar clase valora la educación cooperativa. “La cooperación ha conquistado espacios nuevos. En la red cooperamos con desconocidos, al compartir intereses y propósitos”, escribe. También se pregunta: “¿Funcionan igual las tareas entre pantallas?”. ¿Quizás habría que perfeccionar esas dinámicas remotas para un mejor funcionamiento?

-Estoy de acuerdo. Las plataformas para dar clase todavía no han alcanzado su cenit; tienen todavía bastantes limitaciones, al margen de que la conectividad, los portátiles y los espacios para trabajar de los alumnos también tienen muchas limitaciones. De todos modos, todavía no he conocido a ningún docente, en mi entorno, que haya agotado todas las posibilidades que ofrecen estas plataformas; más bien estamos usando solo un porcentaje pequeño de su potencialidad.

¿Qué más ayudaría a esa educación cooperativa? 

-La evaluación, sin duda. En primer lugar. ¿Cómo vamos a transformar la educación si los exámenes más importantes como acceso a las universidades, a determinados estudios (Medicina) son individuales? También necesitamos los docentes mucha formación en trabajo cooperativo. Muchos creen que ya lo practican, cuando en realidad solo hacen trabajo en grupo, desestructurado, sin preparación previa de tareas ni formación del equipo. Los equipos son organismos muy organizados, con sus miembros compenetrados, con entrenamiento, autoconocimiento, compromiso… Poner a resolver una tarea a un grupo de cuatro alumnos al azar en 20 minutos tiene muy poco de cooperativo. Creo que la cooperación es uno de los grandes cambios de las últimas décadas en la escuela. Poco a poco vamos asumiendo que los humanos somos más parecidos a las hormigas que a los tigres… y que necesitamos negociar, colaborar y trabajar en equipo.

Ante el uso masivo de la tecnología, que precipitó la pandemia, se habla de un nuevo paradigma que cambiará también el modelo educacional. ¿Cómo ve estos cambios y qué es lo que más le preocupa y más le ilusiona?

-La tecnología de comunicación y cooperación entre científicos ha facilitado el récord de desarrollar vacunas en menos de un año. La tecnología no es ni buena ni mala; todo depende de cómo se use. Soy optimista y lo que me preocupa es que vamos a tardar mucho más de lo previsto en recuperar la “normalidad” nueva o previa. Creo que, por ahora, hemos podido elegir poco si queremos usar o no la tecnología para comunicarnos y para educar, porque ha sido “o lo haces confinado por Zoom o Meet o no haces nada”. Me gustaría poder elegir si quiero hacerlo cara a cara o en línea, y pienso que muchos ya han empezado a ver las ventajas de una opción y de otra. Pero queda claro que cara a cara la interacción es más intensa y completa y se puede aprender más.

En su nuevo libro alude a la importancia de “crear sistemas de enseñanza híbridos”. ¿Cómo los valora y cómo aplicarlos?

-Los sistemas híbridos o duales son las clases en que una parte de los alumnos están físicamente en el aula y otra parte en su casa o en otro lugar. Hace años impartí un seminario de formación para docentes de español desde Madrid: el 50% de los alumnos estaba allí conmigo; el resto estaba en Varsovia. Tenía en el aula una cámara y un control para moverla y, además de dar la clase, con las exposiciones e instrucciones de las tareas, tenía que atender a este equipo de enfoque y grabación. También tuve que escribir un guion detallado de la clase y enviarlo al coordinador en Varsovia. Hoy tenemos esto algo más desarrollado, con una cámara que sigue al docente que se mueve por el aula, dentro de un espacio fijado en el suelo con indicaciones, y algunos alumnos trabajan desde casa, porque pueden estar en cuarentena o vivir lejos, mientras otros siguen en clase. También es una locura, aunque hay más recursos (Zoom, Collaborate Ultra) que permiten gestionar mejor la situación, pero sigue siendo difícil integrar a los dos grupos en dinámicas participativas.

La pandemia también dejó al descubierto la brecha digital. Por lo menos en Latinoamérica esta desigualdad ha sido evidente. ¿Cómo evalúa este problema y qué otras alternativas podrían ayudar a combatir la desigualdad digital?

-También en España la desigualdad tecnológica es relevante y afecta a los más vulnerables. El confinamiento ha mostrado la gravedad de este problema. Algunos centros, los que aquí se denominan “de alta complejidad”, que significa con alumnado vulnerable, de bajos recursos económicos, con índices importantes de recién llegados o de migrantes y refugiados, casi no han podido hacer nada durante el confinamiento, por lo que se habla de un curso perdido… Pero debemos ser conscientes que este es solo un primer problema epidérmico, y que debajo hay otros incluso más graves. Cuando se dispone de portátil, de buen wifi y de espacios para trabajar, entonces descubrimos que muchos chicos no saben usar estas herramientas para aprender sobre temas del currículum. Se trata de brechas cognitivas, competenciales o socioculturales. Quizá sepan usar WhatsApp o una red social para divertirse, pero no saben buscar información fiable u obtener las ideas básicas de varias webs afines y contrastar sus diferencias.

FICHA LIBRO:

El arte de dar clase

Daniel Cassany

Editorial Anagrama

192 páginas.

 

Crédito: The Clinic

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